El nacimiento del tratamiento de aguas residuales municipales: un despertar de la salud pública

Cuando abres el grifo y el agua limpia fluye sin esfuerzo, o pulsas la cisterna y las aguas residuales domésticas desaparecen al instante, todo parece completamente natural. Sin embargo, detrás de estas comodidades cotidianas se esconde una lucha de salud pública que se extiende por más de dos siglos. El tratamiento de aguas residuales municipales no surgió por sí solo: surgió de epidemias devastadoras, un hedor insoportable y un gradual avance de la comprensión científica.

 

En vísperas: Ciudades ahogadas en la inmundicia

En las primeras etapas de la Revolución Industrial, durante el siglo XIX, grandes ciudades como Londres y París experimentaron un crecimiento demográfico explosivo, mientras que la infraestructura urbana seguía siendo en gran medida medieval. Los desechos humanos, las aguas residuales domésticas y los residuos de mataderos se vertían rutinariamente en desagües abiertos o directamente en ríos cercanos. Surgió la profesión de los "recolectores de excrementos" para retirar los residuos, pero gran parte de lo que recogían simplemente se vertía río abajo.

En aquella época, el río Támesis servía tanto como principal fuente de agua potable de Londres como su alcantarillado abierto más grande. Cadáveres de animales, desechos en descomposición y excrementos humanos flotaban en el río, fermentando y burbujeando bajo el sol. Los ciudadanos más adinerados solían hervir el agua antes de beberla o la sustituían por cerveza o licores, mientras que las clases bajas no tenían más remedio que consumir agua de río sin tratar.

 

Catalizadores: El Gran Hedor y el Mapa de la Muerte

El año 1858 marcó un punto de inflexión decisivo con el estallido del "Gran Hedor". Un verano inusualmente caluroso aceleró la descomposición de la materia orgánica en el Támesis, liberando abrumadores vapores de sulfuro de hidrógeno que cubrieron Londres e incluso se filtraron a través de las cortinas del Parlamento. Los legisladores se vieron obligados a cubrir las ventanas con telas empapadas en cal, y los debates parlamentarios quedaron prácticamente paralizados.

Mientras tanto, el Dr. John Snow compilaba su ahora famoso "mapa de la muerte por cólera". Durante el brote de cólera de 1854 en el Soho londinense, Snow realizó investigaciones puerta a puerta y rastreó la mayoría de las muertes hasta una sola bomba de agua pública en Broad Street. Desafiando la opinión predominante, ordenó que retiraran la palanca de la bomba, tras lo cual el brote remitió drásticamente.

En conjunto, estos acontecimientos revelaron una verdad común: la mezcla de aguas residuales con agua potable estaba causando una mortalidad masiva. La dominante "teoría del miasma", que sostenía que las enfermedades se propagaban a través del aire viciado, comenzó a perder credibilidad. La evidencia que apoyaba la transmisión hídrica se acumuló de forma constante y, durante las décadas siguientes, fue desplazando gradualmente la teoría del miasma.

 

Un milagro de la ingeniería: el nacimiento de la catedral subterránea

Tras el Gran Hedor, Londres finalmente se vio obligado a actuar. Sir Joseph Bazalgette propuso un ambicioso plan: construir 132 kilómetros de alcantarillas interceptoras de ladrillo a lo largo de ambas orillas del Támesis, recogiendo las aguas residuales de toda la ciudad y conduciéndolas hacia el este para su vertido en Beckton.

Este proyecto monumental, completado en seis años (1859-1865), empleó a más de 30.000 trabajadores y consumió más de 300 millones de ladrillos. Los túneles terminados eran lo suficientemente grandes como para el paso de carros tirados por caballos y posteriormente fueron aclamados como "catedrales subterráneas" de la época victoriana. La finalización del sistema de alcantarillado de Londres marcó el establecimiento de los principios modernos de drenaje municipal, dejando atrás la dependencia de la dilución natural para avanzar hacia la recolección activa y el transporte controlado de contaminantes.

 

 

El surgimiento del tratamiento: de la transferencia a la purificación

Sin embargo, la simple transferencia simplemente desplazó el problema aguas abajo. A finales del siglo XIX, comenzaron a tomar forma las primeras tecnologías de tratamiento de aguas residuales:

En 1889, se construyó en Salford, Reino Unido, la primera planta de tratamiento de aguas residuales del mundo que empleaba precipitación química, utilizando cal y sales de hierro para sedimentar los sólidos suspendidos.

En 1893, Exeter introdujo el primer filtro percolador biológico, que rociaba aguas residuales sobre lechos de piedra triturada donde las películas microbianas degradaban la materia orgánica. Este sistema se convirtió en la base de las tecnologías de tratamiento biológico.

A principios del siglo XX, investigadores de la Estación Experimental Lawrence, en Massachusetts, observaron la formación de lodos floculentos ricos en microbios durante experimentos de aireación prolongada. Este descubrimiento reveló la notable capacidad de purificación de las comunidades microbianas y, en la década siguiente, evolucionó hacia el ahora famoso proceso de lodos activados.

 

 

Despertar: Del privilegio de élite al derecho público

Al mirar en retrospectiva este período formativo, se hacen evidentes tres cambios fundamentales:

En la comprensión, desde considerar los malos olores como una mera molestia hasta reconocer las aguas residuales como un vector de enfermedades mortales;

En responsabilidad, desde la disposición individual hasta la rendición de cuentas pública dirigida por el gobierno;

En tecnología, desde la descarga pasiva hasta la recolección y tratamiento activo.

Las primeras reformas fueron a menudo impulsadas por las élites que sufrían directamente el hedor: parlamentarios londinenses, industriales de Manchester y funcionarios municipales parisinos. Sin embargo, cuando se hizo evidente que el cólera no discriminaba por clase y que la contaminación acababa por recaer en todos, los sistemas públicos de aguas residuales dejaron de ser una opción moral para convertirse en una necesidad para la supervivencia.

 

 

Ecos: Un viaje inacabado

A principios del siglo XX, comenzó a operar la primera generación de plantas de tratamiento de aguas residuales, que abastecían principalmente a las grandes ciudades de los países industrializados. Sin embargo, grandes sectores de la población mundial aún vivían sin saneamiento básico. Aun así, se había sentado una base crucial: la civilización se define no solo por su capacidad de generar riqueza, sino también por su responsabilidad de gestionar sus propios residuos.

Hoy, en salas de control luminosas y ordenadas, observando el flujo de datos en pantallas digitales, es difícil imaginar el hedor sofocante que impregnaba el Támesis hace 160 años. Sin embargo, fue precisamente esa época, marcada por la suciedad y la mortalidad, la que desencadenó el primer despertar de la humanidad en su relación con las aguas residuales: una transición de la tolerancia pasiva a la gobernanza activa.

Toda planta moderna de tratamiento de aguas residuales que funciona correctamente hoy en día continúa esta revolución de ingeniería que comenzó en la época victoriana. Nos recuerda que detrás de un medio ambiente limpio se esconde una evolución tecnológica continua y un sentido de responsabilidad inquebrantable.

La historia sirve como nota al pie del progreso. Desde las alcantarillas de Londres hasta las actuales plantas inteligentes de tratamiento de agua, ¿cómo ha transformado la tecnología el destino de las aguas residuales? En el próximo capítulo, volveremos al presente, centrándonos en los desafíos prácticos y las fronteras tecnológicas de la deshidratación de lodos municipales, y exploraremos cómo los ingenieros contemporáneos continúan escribiendo nuevas páginas en este interminable camino de purificación.


Hora de publicación: 16 de enero de 2026

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